EL NIÑO DEL HELADO
En los días en que un helado costaba mucho menos, un
niño de 10 años entro en un establecimiento y se
sentó en una mesa. La mesera puso un vaso de agua en
frente de él. ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate
con cacahuates? pregunto el niño. Cincuenta centavos,
respondió la mesera. El niño saco su mano de su
bolsillo y examino un número de monedas.
¿Cuánto cuesta un helado solo?, volvió a preguntar.
Algunas personas estaban esperando por una mesa y la
mesera ya estaba un poco impaciente. Treinta y cinco
centavos dijo ella bruscamente. El niño volvió a
contar las monedas.
Quiero el helado solo dijo el niño. La mesera le trajo
el helado, y puso la cuenta en la mesa y se fue. El niño termino el
helado, pago en la caja y se fue. Cuando la mesera
volvió, ella empezó a limpiar la mesa y entonces le
costo tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto
ordenadamente junto al plato vacío, había veinticinco
centavos... su propina.
MIS DONAS, ANÉCDOTA DE LA VIDA REAL
Fue algunos años y era un día común y corriente, acababa de asistir a una audiencia judicial y con mi portafolio me dirigía a la Primaria donde realizaba mis actividades diarias como subdirector, pero antes de entrar a la escuela aproveche en llegar a la miscelánea mas cercana para comprar algo que desayunar, compré un paquete de donas glaseadas y con ellas me regrese a la escuela; al llegar a la oficina presentí la presencia de alguien y me percate que era uno de los alumnos de los de primer grado, no fue ninguna novedad para mi ya que constantemente acuden diferentes alumnos a mi oficina simplemente para platicarme cosas de su familia o preguntarme cosas de mi trabajo en los juzgados. Sin embargo, me llamo la atención aquel niño ya que no decía ni una sola palabra sino que simplemente abrió el paquete de donas y tomo una, yo sin decirle nada pensé dentro de mi en dos cosas: la falta de atención de sus papas en no mandarle algo que lonchar y en no inculcarle buenos modales para pedir las cosas, pero eso no fue todo, ya que acabándose la dona que había tomado tomo otra y pensé:“mejor yo también empiezo a comerme mi donas porque si no este niño me va a dejar sin desayunar” por lo que al no querer quedarme atrás, empecé a tomar una dona de aquel paquete, al mismo tiempo que le echaba una mirada de rivalidad y de pocos amigo a aquel niño, pensaba en mis adentros “que descaro, en frente de mí, que niño tan mal educado, no se enseñaron a pedir las cosas” ; de aquel paquete de tres donas solo quedaba una, por lo cual empecé a sentir un poco de coraje al ver aquella desfachatez y falta de educación de ese alumno, el niño se percato con la simple mirada de mi malestar y con una sonrisa en la cara, que para mi fue una especie de burla cínica, tomó aquella última dona y me la ofreció al mismo tiempo que me decía:“tenga, para que no diga… le doy esta”; yo no le dije nada y al mismo tiempo se retiró al patio al escuchar el timbre. Dos horas después trate de ya no pensar en el cinismo de aquel alumno y tome el portafolio para sacar algunos documentos y al abrirlo, ¡OH sorpresa! encontré el paquete de donas que yo había comprado…comprendí que las donas que se comía aquel niño eran en realidad de él.
¿Cuántas veces nuestros prejuicios no coinciden con la realidad?


Muy buenas anécdotas. Gracias.
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